Arte grotesco y realista, en un drama que enfoca la literatura desde la conciencia
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En el refugio que supone la luz de un bar, siempre acogedora, apacible y suave, se nos descubre una de esas personalidades que atrapan y sorprenden por unir tras unos mismos ojos serenidad y tranquilidad, ideas claras y mente inquieta y creativa.
Bajo los focos de su juventud, José María Esbec tiene claro un camino que lo llevó hace ocho años a prepararse como intérprete y que, poco a poco, le fue conquistando, hasta llegar a interesarse por el trabajo de director de teatro y guionista, algo que compagina hoy, porque considera que un director puede trabajar mejor “cuando sabe lo que está sintiendo el actor en cada momento, cómo se encuentra, porque eso ya lo ha vivido”. El próximo 16 de septiembre reestrena su obra Tres Robles echan raíces en el Teatro Principal, y, en su guion, se hace fuerte un paralelismo que ha querido establecer entre el hombre y el árbol, un ser sedentario, que arraiga en un sitio, se queda, no se mueve y no se toca con nadie. “Un día, pensando sobre los comportamientos sociales, me di cuenta de que somos más independientes, no nos fijamos en el prójimo, sino en nosotros mismos. Creo que, a lo largo de la historia de la humanidad, el hombre ha ido incrementando su independencia a medida que se alejaba de la naturaleza y de otros seres, como considerándose a sí mismo una especie de raza cósmica, por encima de todo, de los animales, de la naturaleza… y muchas veces es ella la que nos condiciona, aunque no nos damos cuenta de ello”. El montaje de la obra dirigida por Esbec camina entre lo grotesco, para desembocar en el realismo; es ecléctica, es teatro experimental, es más que palabras. “Es una línea que nos place y pensamos que si el público se muestra aquiescente, no lo vamos a obviar. La experiencia de Valladolid fue muy positiva, entendieron nuestro espectáculo, muy visual en el sentido plástico y del movimiento”. El escenario cambia, pues, durante la representación, se realizan traslaciones en el tiempo y en el espacio. El grupo de actores, Ángel Martín, Patricia Torres y Nacho Laseca, “en la primera parte, trabaja una expresión corporal de una forma grotesca, fuera del escenario. Después, nuestros cuerpos se expresan en tres apartamentos contiguos, y ahí comienza el germen de su relación”. La obra navega en un escenario diáfano, en el que la escenografía de Rodrigo Zaparaín “apoya nuestro trabajo, con cubos y módulos que cambiamos de sitio, contribuyendo a esa atmósfera creacional del actor, que debe entenderse como un bar o una taberna y luego un bosque”. Miguel Álvarez y su dirección musical completan el cartel de una obra nacida de la fuerza de una de esas personas que no solo miran, sino que ven e inspiran, incluso, tras las luces de un bar.








